Los que van primero – Últimas Noticias

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Uno se pregunta qué se harán los amigos que parten primero, aunque sigan en este territorio digital. Una vez le escuché decir a mi antigua amiga Daniela Triay esta pregunta con un dejo dejo de nostalgia anticipada. Yo los he oído hablar desde las grietas que van dejando en el viaje y a través de sus letras y memorias hacen constar que se reúnen, sentencian cosas y se retiran dejando rastros indelebles.

¿Qué son esas sombras, esos destellos que nos despiertan de madrugada? Para mí son sus sombras que desbaratan las cifras añadidas a los contrafuertes de esos Arcanos que más allá de la vida silvestre, existen alrededor de las pátinas que pueblan las cenizas o los huesos nacientes.

Son enunciados de la literatura muchos de quejidos o disparates, los esotéricos signos de la cultura universal que algunos sabios conocen o interpretan para darle sentido a la poesía y el arte.

Algunos son poetas, Blas Perozo Naveda, Eddy Pérez, el pintor, Luis Moros; otro, periodistas, historiadores, campesinos que hablan solos y de vez en cuando con piedras e interpretan petroglifos, y también viajan sin tantos protocolos.

Uno de ellos me preguntaba por mi padre que aún permanece en fotos, palabras, pinturas comentarios y todo lo guarda este espacio cibernético, lo que quiere decir que ya no es posible imaginar que la muerte sea un un viaje exclusivamente eterno.

Dicen que se fue Manolo Silva. Ayer temprano, el 25 de mayo, el mismo día de su nacimiento hace 74 años. Vuelvo a recordar lo que escribió mi querida Danielle Triay en su feisbu que evocaba a Kloriamel Yépez Oliveros y a Hugo Chávez.

Ese mismo día, Manolo Silva, entrañable amigo mío, lanzó una recordación que a los camaradas de Kloramiel Yépez Oliveros, como yo, nos conmovió, no solo porque en esa fecha la inolvidable Mafalda (como se le decía a Kloriamel con afecto y animosidad, estaba de cumpleaños de nacimiento), sino porque desde que partió hacia el infinito, regresa de sorpresa como un recuerdo sonoro y un silabario de huesos, de protestas («hormonales», como ella decía que era de la banda de comunistas que dirigió Saramago) y de rabietas que a ella misma le causaban risa. Manolo Silva se ofuscaba porque la diáspora de la izquierda venezolana andaba siempre cómo la banda de la canción, borracha. Se le salían unas insolencias galletas de vez en cuando, pero un hombre culto y un cronista de lujo.

Manolo recordó a Mafalda diciendo que esa genial mujer ya no estaba entre nosotros. Y yo recuerdo y huelo las palabras de Manolo que se fue ayer al carajo viejo.

¿Cómo pueden estar ausentes una mujer y un guaro cuyos pensamientos y escritura eran y siguen siendo armas nada convencionales?, me digo.

A mi me ocurre con Kloramiel lo que a Danielle con sus amigos que lucen vivos en ese aposento invisible del parnaso sideral. Manolo todavía está bailando con Natalia.
En un sentido aleccionador para ambos, el Elefante Bocarriba, aquél blog personal que permanece enconchado, sin su mirada, e incluso con su silencio, no hubiera podido llegar hasta donde llegó sin Manolo Silva y sin Mafalda.

Una vez me envió un artículo muy pugnaz y por lo tanto muy bueno abordando la burocracia e indolencia del INTI y el tema de la «burguesía revolucionaria» de Castro Soteldo y yo le dije: «Yo escribí algo ya, vamos a dejarlo para luego, que la masa no tapa bollo ni tapa nada».

Lo entendió. Del otro lado del teléfono no me pidió explicación, pero tampoco hizo silencio: ya se sabe que cierto modo de exhalación del acto de respirar es un modo de decir, de expresar sentimientos y hasta argumentos lógicos y de aceptación compartida.

A Manolo lo extraño tanto hoy, cuando este país ocupado por los gringos.

Un frasco de Cocuy que le había regalado un catador de la Sierra, que estuvo en las montañas colombianas combatiendo en filas de la FARC, ayudó en lo sucesivo a conocernos más a fondo de lo que siempre creímos.

Ese día del Cocuy hablamos en Guachirongo y se lo dedicamos al tema de los intelectuales de pacotilla, y a Alfredo Maneiro y a Hugo Chávez, como pensadores del siglo XXI.

Manolo se lleva su temperatura: esa de ser ateo, de los rebeldes, los del filo de la palabra sincera, pero su corazón se queda como una hortaliza en el huerto de los amigos y de su hermosa familia.

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